Aun recuerdo esa noche, tumbado en los asientos de atrás del Dodge Dall entre Jaime y Andrés, adormecido pero despierto, oyendo las grava golpear el guardabarros de ese mastodonte americano de otras épocas.
Era el primer verano que Jaime y Adelina se decidían a ir a Los Almagros, motivados por los rumores que señalaban que el Lute, escapado en un traslado entre penitenciarías, había pasado por El Cimbre (entre Lorca y Vélez Blanco), lugar donde veraneábamos desde hacía algunos años con nuestro abuelo paterno.
Era verano, pero antes de sacarme del coche del coche en brazos, mi madre me rodeo con una manta no muy gruesa y me metió en una de las camas, que había preparado con anterioridad, en la habitación hay al entrar a la Villa Ginés y Ana a mano izquierda. Habían reparado el techo ya que estaba en bastante mal estado, ya que hacía tiempo que nadie vivía de continuo allí.
No recuerdo como desperté, lo que si recuerdo es la luz que había ese julio del 73 y los ratos después de las comidas, en la sombra del hogar, intentando encerrar el fresco dentro de casa. Aunque el calor no nos mantenía por mucho tiempo allí. El lugar más el fresco de la casa estaba donde la puerta que iba de la cochera al patio, donde hoy está la habitación de mis padres. Allí, protegido durante todo el día del azote del sol por la cochera y sus muros, se podía disfrutar del frescor a la sombra durante la siesta.
Otro sitio muy visitado, tanto por mi abuelo, como por Jaime hijo, era la higuera. Yo era más reacio a comer fruta de los arboles, Jaime y Andrés sin embargo eran unos verdaderos asalta higueras-rebientanispereros de mucho cuidado.
Mi abuelo decidió que tenía que haber un mular (rincon de un bancal aledaño a la casa en el que se acumula la basura para después quemarla). Pues allí que nos dirigíamos a jugar, después de un mes o dos de vivir por allí, siempre hay alguna lata o desperdicio susceptible de ser utilizado como juguete improvisado. Una tarde, después de la siesta, un juego con un frasco que me dejó cicatriz y a Jaime un mal sabor de boca, pero como fué un par de años despues, lo dejo para contarlo en otra ocasión.
Paco y Magina vinieron a ver a los hijos de la Adelina. Besos y algún repisco nos llevamos, y mira que guapos y que graciosos. Ese primer contacto con gente con la que mi madre se sentía tan feliz y animada, empezó a abrir en nosotros una vía de afecto instantaneamente. En realidad nos era un lugar extraño, pero a su vez tan acogedor y por explorar, que para mi y mis hermanos resultaba muy excitante y con muchas posibilidades.
Un día, allá a las 11 de la mañana, mi madre me mandó a casa de Magina.
"Ve a ca Paco y Magina y traete el pan, que lo tiene allí". Yo salí de casa por la puerta de la despensa (que fué transformado en water cuando mi tío se quedó con la cochera) y sali por la cochera. Andé hacia las alcibaras que hacían de mular a la familia de la Quica y el Mendez y las rodeé. En la esquina, estaba Cecilio, casi sin hacer sombra. Toda la luz, parecía absorverla su pelo negro y liso, y bajo aquél pelo, sus ojos azules parecían devolver esa luz ampliada al ambiente. Es una visión que reproduce mi mente y puedo ver claramente cuan blanca era su piel y lo delgado y viváz que se le veía.
El miraba sin moverse casi, como si para el también fuera un shock la visión que yo le proporcionaba, con mis andares arrastrando los pies, como si no tuviera un rumbo fijo. No dijimos nada. El se quedó en el pico esquina y yo me perdí en el frescor de la casa de Magina.