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Cuando eramos unos críos, siempre que podíamos saliamos despedidos de Castellón. Cuando se acercaba la navidad, el colegio nos soltaba el 18 de diciembre, la noche que se representaban diferentes actuaciones de alhumnos que, ya fuera teatro, música o canto, habíamos practicado durante varios meses. Yo recuerdo algunas como la de Jaimito en la que yo hice de profesor y un Ferris (compañeros de la escuela y vecinos de edificio) como Jaimito y los villancicos, algunos de los cuales eran en valenciano y claro, nunca supe que leches cantaba. Jaime padre tomaba las vacaciones el 22 de diciembre, el día del sorteo de navidad, y los días previos a la señalada fecha, en casa había mucho movimiento. Que si las sábanas, que si las tortillas de patata para el viaje, la ropa de la tropa y poco a poco, año tras año, más gente y más mascotas dentro del mismo coche. El 131 ranchera llegó a transportar a Jaime conduciendo, Adelina de copi con Paco sobre sus piernas, tortolas, tortugas y hamsters, Jaime, Ana y Andrés en el asiento de atrás y yo en el maletero con Ginés, el Pipo (el eterno perrito negro de rabo enroscado) y el perro o gato de turno.
Si viajabamos por la noche, soliamos parar en Alberique, para que Jaime tomara un café y nosotros hiciéramos un pis. Si viajabamos por la mañana, en Valencia nos desesperabamos semáforo tras semáforo. Nuestros compañeros de atasco nos miraban sorprendidos dentro de ese arca de Noé tan particular. Y ya por la tarde, parabamos en Caudete donde una tarde nos dejamos al Pipo (terrier alemán enano, regalo de comunión de mi hermano Andrés, también llamado azul y verde porque costó 1500 pesetas, un billete azul y otro verde), antes de llegar a Yecla, la ciudad del mueble y a Jumilla, la ciudad del Vino. En Jumilla, mi padre solia comprar vino, ya fuera a la ida (para ello debíamos salir por la mañana temprano debido al caos de Valencia) o a la vuelta, mucho más cómodo si es que encontrabamos abierta la bodega. Algo que se convirtió en tradición, fue el uso de petardos o fuegos artificiales para anunciar nuestra llegada al los Almagros. Empezamos con un Masclet (machillo en valeciano) cuyo estruendo inusual durante el día, obligaba acercarse a casa a Paco y Magina. Por la noche tampoco había restricciones, cuando acababamos de descargar el coche, el padre se proveía de polvora y a despertar al pueblo. Poco después se hizo con una carcasa y empezó a utilizar los cohetes que anuncian el principio y el final de un castillo de fuegos artificiales para anunciar nuetra llegada. Al día siguiente había que levantarse temprano ya que había que ir a Mazarrón y al Puerto de Mazarrón a visitar a la familia de mi madre. Ibamos en primer lugar a visitar a mi tía Ginesa y a Salvador (su marido). En su casa siempre encontrabamos regalos en forma de carteleras de cine, y las imagenes que muestran escenas de la película y así producir el deseo de verla en la persona que observa. Luego visitabamos a mi abuelo que vivía en el Puerto, y a la vez a su hijo Paco y su esposa Mari. También a mi tata Anita y mis primos Hilario, Leonor, Ginés y Ana. Mi padre, enseguida que podía se bajaba a la pescadería a ver a su suegro y a sus cuñados, que normalmente estaban en la pescadería. Que recuerdos. Mi tío ginés con su bigote, un hombre sin complejos y seguro de si mismo. Paco, un soñador lleno de ilusiones y cariño por los suyos y mi abuelo Ginés, un hombre de caracter, forjado por toda una vida de vivencias y experiencias de todo tipo subido a un camión. A veces soliamos comer en casa de mi tío ginés, así teníamos la oportunidad de saludar a Isabelita, a la Ani, la Leo y si teníamos suerte a Ginés José, que no solía parar mucho por casa. Mi tío vive aún en ese piso, dominando el puerto y la bahia de Mazarrón. Un lugar envidiable con unas vistas insuperables. Al principio, y puesto que nuestro contacto en el pueblo era Cecilio y Felipe, eran nuestras primeras visitas. Ibamos a la casa de la Quica y el Mendez y entrabamos por al lado de la piscina. Cecilio, siempre mostrando su alegría al vernos, era el mejor anfitrión para nosotros y para los cartageneros que también tenían su origen en nuestras pedanías. El nos enseño a jugar al Marro, al Zorro Pico Taina, al Ajo, y a Polis y a Cacos. Está claro que en navidad y debido al frío, no saliamos tanto por la noche, pero para eso estaba el teleclub. Para mí Cecilio era el alma del teleclub. El nos llevó allí por primera vez. Lugar con medios donde los haya, sillones, sillas, un tocadiscos y discos, claro. |